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En la época de la emancipación, la pasión de los venezolanos estaba a flor de
piel. Las noches se gastaban entre sueños libertarios y conspiraciones,
mezclados con unas sazonadas jornadas llenas de alcohol y sexo.
David
Edesio González Rojas
@DavidEdesio
Siempre se ha escrito
de los logros de nuestros próceres durante la gesta independentista venezolana,
pero al ver a estos hombres como semidioses nos olvidamos que eran seres
humanos con necesidades fisiológicas idénticas a las nuestras: (según Maslow) respirar,
alimentarse, hidratarse, descansar, evitar el dolor, eliminar los desechos
corporales y tener relaciones sexuales.
Es precisamente esa
última necesidad humana que le da vida a este relato, ya que uno de los
pasatiempos más comentados de alguno de nuestros próceres era precisamente “echar
canas al aire”.
Hasta los hombres más
respetados de la época y las mujeres más encopetadas tenían sus momentos de
pasión y lujuria que despertaba los murmullos de toda la ciudad.
El
ingenio azucarero del amor
La familia más
respetada de la época y de la historia de este país es, sin duda, la que llevó
el apellido Bolívar; no sólo por la presencia del Libertador, sino porque Juan
Vicente (el padre de Simón) también fue un político prominente de la época y
porque los Bolívar tenían muchísimo dinero y aún más poder político.
En San Mateo, Aragua,
los Bolívar tenían un ingenio azucarero (hoy un museo) que no sólo servía para
la producción de azúcar sino para que los mantuanos hicieran los mejores zaraos
de la época, tertulias que iniciaban con joropo y finalizaban con dos cuerpos
revolcándose en el catre, en el chinchorro o en el mismo monte.
En el Ingenio Bolívar,
se engendró a Manuel Piar (aunque la historia diga lo contrario), lo que no se
sabe a ciencia cierta es quién fue el padre, si Juan Vicente Bolívar o el
Príncipe de Portugal.
Los Ribas, Anzoátegui,
Aristeguieta, Bolívar y Soublette hicieron de las suyas en la hacienda de San
Mateo y sus alrededores.
El
Libertador de las féminas
Siguiendo con la
tradición Bolívar, hemos de reconocer que el pequeño Simón José heredó de su
padre el arte del cortejo y del buen gusto por las mujeres.
La lista de damas que desarreglaron
las sábanas de Simón Bolívar es tan prolífica como las batallas libradas por él
mismo.
La primera mujer del
Libertador no fue su esposa y gran amor María Teresa Del Toro, sino una
mexicana de cabellos rubios llamada “La güera” Rodríguez, quien vivió una apasionada
aventura con un Simón de apenas 16 años.
María Teresa llegó
después y logró amarrar al Libertador. Fue su única esposa y fue la mujer a la
que verdaderamente amó Bolívar. “Si no hubiese enviudado, no hubiese sido
Libertador” dijo una vez Simón.
La lista de las “liberadas”
por Bolívar la integran mujeres de exuberante belleza Fanny Du Villars, Josefina
Machado, Asunción Jiménez, Luisa Crobe, Isabel Soublette, Juana Pastrano, Bernardina
Ibañez, Joaquina Garaicoa, Jeannete Hart, Anita Lenoit, Manolita Madroño, Delfina
Guardiola, Benedicta Nadal, Julia Cabrera, Josefina Madrid, la Mariscala
Francisca Gamarra, Javiera Moore y por supuesto Manuelita Sáenz.
Manuelita, la
libertadora del libertador, fue la amante más conocida de Bolívar. La única de
sus mujeres que lo siguió a todos sus viajes, lo cuidó de sus enfermedades y
heridad y lo celaba despiadadamente de cualquier mujer.
El
coleccionista de mujeres y de…
Otro destacado prócer
de la República que vivió como un seductor irresistible fue el Generalísimo
Francisco de Miranda. El venezolano universal, según dice la historia, era un
galán de primera línea algo así como una mezcla de Sean Connery, George Clooney
y Chris Hemsworth.
Pero nuestro personaje
tenía un pequeño secreto, coleccionaba vellos púbicos de las mujeres con las
que pasaba la noche. Se dice que Miranda llevó al clímax a más de mil mujeres
durante su vida, destacando entre esas a la emperatriz Catalina II.
Es así como nuestros
libertadores, grandes gestores de la independencia venezolana no pensaban sólo
en cómo derrotar el yugo español, sino que se tomaban buenos ratos libres para
liberar endorfinas a través del placer del sexo.
De aquellos zaraos, más de una dama terminaba en el catre juntando su cuerpo con
algún soldado de paso

